Representando a Hades, el cadáver; a la Especie Humana, yo

10 12 2007

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Me disponía a tener mi primer encuentro con la muerte o mejor dicho, con lo que representa la muerte; un cuerpo inmóvil como una roca y frío como un pedazo de hielo. Estaba ansiosa, como un adicto cuando está rompiendo vicio. Trataba de tranquilizarme diciéndome, hello, sabes que  la muerte es algo natural.  Cuando llegué a la funeraria, una mujer  me dijo que tendría que esperar unos minutos en lo que preparaban el cuarto en el que se haría el proceso. Mientras esperaba pasaban mil cosas por mi mente. Luego de unos minutos que para mí fueron interminables, por fin entré al cuarto. Estaba bastante limpio, iluminado y organizado, pero olía a carnicería.  Nos paramos frente al tieso cuerpo acostado en una plataforma de metal. El muerto era una mujer y tenía una expresión de felicidad como quien acaba de comer su plato preferido. No se si eso me calmó o me asustó. La embalsamadora, para quien todo aquello era como chuparse un limber, me miraba desafiante esperando ver mi reacción. Nunca reaccioné, al menos como ella esperaba. Me quedé parada allí como una estatua, con actitud de guerrillera; lista para afrontar lo que viniera. Tratando de disimular los nervios ante la incertidumbre de lo que vería.  La mujer,  al verme tan interesada se sintió identificada, entonces su actitud intimidante  se transformó en la de un  maestro que anhela que su estudiante aprenda lo más que pueda.  El ambiente entre la embalsamadora, la muerta y yo, cambio y me tranquilicé un poco. Mientras observaba, los pensamientos en mi mente seguían dando vueltas como un carrusel, pero era tan impresionante lo que estaba presenciando que de pronto mi mente quedó como un vaso vacío, para que en ella se vertiera todo aquel conocimiento.  Luego de inyectarle las sustancias correspondientes para evitar la descomposición del cuerpo, procedió a limpiarla, vestirla y maquillarla, peinarla, etc. Ella trataba aquel cuerpo cuidadosamente y con mucho respeto, pero de todas maneras parecía que embalsamaba un muñeco. De vez en cuando algún pensamiento (de esos religiosos) relacionado con la muerte asaltaba mi mente. Miraba fijamente el cadáver como si  pudiera confirmarme, si su alma  fue para el cielo, el infierno o el purgatorio; o si San Pedro estaba en las puertas del cielo (si fue para el cielo) y muchas otras preguntas que mi formación católica me obligaban hacerme. El “ya esta lista” de la embalsamadora me trajo de vuelta al lugar.  Le di las gracias por la oportunidad y me fui lo bastante emocionada como para contar la misma historia más de 15 veces. Fue una experiencia impactante y enriquecedora a la vez, que levantó en mi muchas más interrogantes que algún día, o tal vez nunca, se contestarán.

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